Sé que te quedaste con el corazón en la mano viendo esa escena, por eso aquí te traigo el desenlace que tanto estabas esperando.
—Ya te dije mil veces que no pierdas tu tiempo, Mateo, lo nuestro se acabó y no hay vuelta atrás —sentenció Valeria, alzando la voz para que nadie en la entrada del colegio se perdiera el espectáculo.
Valeria no era una chica cualquiera; ella lo sabía y se encargaba de que el resto del mundo no lo olvidara.
Con su uniforme impecable, el cabello perfectamente alisado y esa mirada de suficiencia que solo tienen quienes se creen dueños de la verdad, se paró frente a Mateo como quien mira a un insecto molesto.
Mateo, por su parte, permanecía sentado sobre su motocicleta negra, una máquina imponente que contrastaba con su actitud tranquila.
Llevaba el casco enganchado en el brazo y la mirada fija en la puerta principal del instituto, ignorando deliberadamente el drama que Valeria estaba intentando montar.
—¿Es que no tienes dignidad? —continuó ella, cruzándose de brazos—. Te apareces aquí con esta moto vieja, haciendo ruido, pensando que me vas a impresionar.
La multitud de estudiantes que salía de clases se fue deteniendo poco a poco. En las escuelas latinoamericanas, no hay nada que atraiga más que un buen «bochinche» a la hora de la salida.
Las amigas de Valeria, un séquito de chicas que vivían para imitarla, soltaron risitas burlonas por lo bajo.
—Míralo, pobre —susurró una de ellas—. Cree que todavía tiene oportunidad con la reina.
Valeria se alimentaba de esa atención. Cada par de ojos puestos en ella era combustible para su ego.
Mateo seguía sin decir una palabra. Solo revisó su reloj de pulsera, un gesto que enfureció aún más a la muchacha.
—Te estoy hablando, Mateo. Ten la decencia de mirarme a la cara cuando te estoy cortando las alas de una vez por todas.
—Valeria, por favor —respondió él finalmente, con una voz tan calmada que resultó desconcertante—, no es el momento.
—¿Ah, no? ¿Y cuándo es el momento? ¿Cuando me sigas a mi casa? ¿Cuando me llenes el celular de mensajes llorando? —ella soltó una carcajada estridente—. Entiéndelo: tú y yo somos de mundos distintos. Yo necesito a alguien que esté a mi altura, no a un chico que se gasta lo poco que tiene en una moto de segunda mano.
El silencio que siguió fue denso. Algunos estudiantes sintieron lástima por Mateo, quien siempre había sido un tipo noble, trabajador y, hasta hace unos meses, el novio devoto de una Valeria que parecía otra persona.
Pero el poder y la popularidad cambian a la gente, y Valeria se había transformado en alguien irreconocible desde que entró al equipo de porristas y empezó a codearse con los hijos de los empresarios locales.
—¿Ya terminaste? —preguntó Mateo, acomodándose el cuello de su chaqueta de cuero.
—¡No he terminado! —gritó ella, picada por la indiferencia del joven—. Quiero que todos aquí lo sepan: Mateo vino a suplicarme que volviéramos. Vino a decirme que no puede vivir sin mí. ¡Pues miren mi respuesta!
Valeria se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Mateo, y con un gesto teatral, señaló la salida.
—Lárgate. No quiero volver a ver tu moto estacionada cerca de mi vista. Me das vergüenza ajena.
Mateo suspiró. No era un suspiro de tristeza, sino de cansancio. Como quien explica algo obvio a alguien que se niega a entender.
—Valeria, en serio, te vas a arrepentir de esto —dijo él, pero no con tono de amenaza, sino con una lástima profunda que caló hondo en los presentes.
—¿Arrepentirme yo? ¿De dejar a un perdedor como tú? —ella se volvió hacia sus amigas—. ¿Escucharon eso? ¡Dice que me voy a arrepentir!
Las risas volvieron a estallar. Valeria se sentía en la cima del mundo. Había logrado la humillación pública perfecta, el cierre triunfal para una relación que, según ella, ya le quedaba pequeña.
Sin embargo, el destino tiene una forma muy curiosa de acomodar las piezas, y justo cuando Valeria se disponía a dar media vuelta para marcharse como una triunfadora, el pesado portón de hierro del colegio crujió.
Una figura emergió de entre la multitud de estudiantes que aún observaban la escena. No era alguien común. Era alguien que nadie esperaba ver ese día.
Mateo enderezó la espalda y, por primera vez en toda la tarde, una sonrisa auténtica y brillante iluminó su rostro.
Valeria, al notar el cambio en la expresión de su ex, se detuvo en seco. Su instinto le dijo que algo andaba mal, pero su orgullo no le permitía retroceder.
—¿Y ahora de qué te ríes? —preguntó ella, tratando de mantener el control de la situación—. ¿Ya te volviste loco del dolor?
Pero Mateo ya no la estaba mirando a ella. Sus ojos estaban fijos en el punto justo detrás de los hombros de Valeria.
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