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Vueltas de la Vida

«Ese pobre nunca va a llegar a nada en la vida», dijo el novio… y el mesero se quitó los lentes

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Mesero joven con lentes y bandeja de canapés siendo humillado por el novio frente a los invitados de la boda en el Salón Vers

Si ya viste cómo empezó todo esto y aun así sentiste que te faltaba el pedazo que importa, quédate: lo mejor viene ahora.

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Rosa Elena todavía no se sentaba cuando escuchó la primera carcajada salir de la mesa de los novios, y algo en su estómago se apretó. Llevaba veinte años trabajando como capitana de meseros en el Salón Versalles, en la zona alta de la ciudad, y conocía ese tipo de risa.

Era la risa de alguien que se está divirtiendo a costa de otro.

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Desde su puesto junto a la barra, vio al grupo de jóvenes vestidos de gala ocupar la mesa principal, la que daba al ventanal con vista a los jardines. La novia lucía un vestido blanco perla con encaje en las mangas. El novio, de esmoquin azul marino, tenía el cabello peinado hacia atrás con demasiada goma.

Y junto a ellos, de pie, con la bandeja de canapés temblando entre las manos, estaba Mateo.

El muchacho de la bandeja

Rosa Elena lo había contratado tres semanas atrás, cuando el salón se quedó sin personal para un fin de semana de tres eventos seguidos. Mateo tenía veintitrés años, manos grandes, hombros que parecían cargar algo más que la bandeja.

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Le había dicho que estudiaba de noche, que necesitaba el trabajo, y que podía quedarse hasta la madrugada si hacía falta.

Nunca faltó. Nunca se quejó. Y nunca, en tres semanas, había dejado caer un solo plato.

Esa noche le había tocado la mesa más complicada: la boda de Andrés Villalobos, hijo de una de las familias más conocidas de la ciudad. Rosa Elena lo había pensado dos veces antes de asignársela.

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Pero Mateo le había dicho que podía con eso.

—Capitana, tranquila —le había dicho esa tarde, mientras se ajustaba el chaleco negro—. He cargado cosas más pesadas que unas copas de champán.

Rosa Elena no le preguntó a qué se refería.

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Ahora, desde la barra, lo veía inclinarse para servirle una copa a la novia, Daniela, y veía también cómo Andrés lo miraba con esa expresión de superioridad que algunos clientes traen puesta como si fuera parte del traje.

—Oye, tú —dijo Andrés, levantando la voz lo suficiente para que lo escucharan en las mesas vecinas—. ¿Cuánto ganas aquí?

Mateo se enderezó despacio.

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—Señor, ¿gusta algo más de la bandeja?

—Te pregunté cuánto ganas. Porque se nota que necesitas el dinero, hermano. Se te ve en los zapatos.

Los invitados de la mesa voltearon. Algunos se rieron bajito. Daniela puso los ojos en blanco y le dio un sorbo a su copa.

Rosa Elena apretó la libreta contra su pecho.

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La burla que nadie detuvo

Mateo no respondió. Se limitó a bajar la mirada y seguir sirviendo.

Eso, para Andrés, fue como echarle gasolina al fuego.

—No, en serio —insistió, girándose hacia sus amigos—. Miren a este. Le hablo y se queda callado. ¿Será que no sabe leer? ¿O será que el sueldo de mesero no alcanza ni para clases?

Un amigo suyo, el que estaba sentado a su derecha con un reloj enorme en la muñeca, soltó una carcajada.

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—Déjalo, Andrés. El pobre está trabajando.

—Es que mira —Andrés se recargó en el respaldo, cómodo, como quien da un discurso—. Yo respeto a la gente que trabaja. De verdad. Pero este tipo… este tipo no va a llegar a nada en la vida. Nunca. Lo ves y lo sabes. Es de esos que nacieron para servirle la mesa a otros y morirse así.

Silencio en la mesa.

Algunos invitados rieron. Otros fingieron no escuchar, incómodos.

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