Salí de esa entrevista con la cara ardiendo. El jefe de recursos humanos se había reído de mi currículum, de mi ropa, de mi acento. ‘Vuelve cuando seas alguien’, me dijo, y cerró la carpeta con mi vida adentro.
Publicidad
No volví. Junté lo poco que tenía y monté mi propio negocio, chiquito, en el garaje de un primo. Los primeros años fueron de comer una vez al día y dormir cuatro horas. Pero era mío, y eso lo cambiaba todo.
Publicidad