Tres años después, recibí una llamada. Una familia de otro pueblo lo había encontrado flaco y asustado, y lo había cuidado. Al revisar si tenía chip, apareció mi número, viejo pero registrado.
Publicidad
Manejé cuatro horas sin saber si me reconocería. Los perros olvidan, me habían dicho. Cuando abrí la puerta del auto y dije su nombre, se quedó quieto un segundo. Después corrió como si esos tres años no hubieran existido.
Publicidad