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Como en un Sueño

El joven que llegó en harapos y terminó siendo el dueño de la mansión

6 min de lectura

Sabía que no podías quedarte con la duda: hiciste bien en venir a descubrir toda la verdad.

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«Mírame bien, mujer, porque este rostro no se te va a olvidar en lo que te queda de vida», pensó Mateo mientras apretaba los puños dentro de los bolsillos de su sudadera desgastada.

Sentía el frío del mármol de la entrada incluso a través de sus botas viejas, pero no era el frío lo que le calaba los huesos, sino la mirada de asco de la mujer que tenía enfrente.

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Beatriz, envuelta en una bata de seda que probablemente costaba más que el camión en el que Mateo había viajado durante dos días, soltó una carcajada estridente que rompió el silencio sepulcral de la mansión.

—¿Reclamar qué? —preguntó ella, limpiándose una lágrima de risa imaginaria del lagrimal—. Muchacho, tú lo que necesitas es una ducha y un plato de sopa, no una herencia.

Mateo no se movió. Había aprendido de su abuelo que el silencio es la herramienta más poderosa de un hombre cuando tiene la razón de su lado.

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Observó los detalles de la entrada: el candelabro de cristal que él mismo recordaba haber ayudado a limpiar cuando era un niño pequeño, las molduras doradas que su abuelo, Don Aurelio, cuidaba con tanto celo.

—Vete de aquí antes de que llame a la policía por allanamiento de morada —escupió Beatriz, dando un paso hacia adelante, dejando que el aroma de su perfume caro inundara el espacio, tratando de sofocar el olor a polvo y carretera que traía el joven.

—Esta no es tu casa, Beatriz —dijo Mateo con una voz tan tranquila que resultó aterradora—. Y los dos sabemos perfectamente por qué estás tan nerviosa de verme aquí.

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La mujer palideció por un microsegundo, pero recuperó su máscara de arrogancia de inmediato. Se cruzó de brazos, haciendo que sus diamantes brillaran bajo la luz de la tarde.

—Eres un muerto de hambre con delirios de grandeza —sentenció ella—. Mi esposo, que en paz descanse, no dejó nada para «parientes lejanos» y mucho menos para alguien que luce como un vagabundo.

Mateo recordó las manos de su abuelo: callosas, fuertes, llenas de la sabiduría de quien construyó un imperio desde la nada. Don Aurelio siempre le decía que la verdadera riqueza no se lleva en la ropa, sino en la palabra dada.

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—Mi abuelo no era solo tu esposo, Beatriz. Era el hombre que te dio todo cuando no tenías nada. Y él sabía exactamente quién eras tú antes de cerrar los ojos por última vez.

La tensión en el aire se podía cortar con un cuchillo. En ese momento, un guardia de seguridad de la privada se asomó por la puerta principal, alertado por los gritos de la mujer.

—¡Llévenselo! —gritó Beatriz, señalando a Mateo con un dedo tembloroso—. ¡Este indigente está tratando de extorsionarme en mi propia casa!

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El guardia, un hombre mayor de rostro cansado, se acercó a Mateo. Lo miró de arriba abajo, notando su ropa sucia, su cabello revuelto y la mochila vieja que colgaba de su hombro.

Sin embargo, algo en la mirada de Mateo lo detuvo. No era la mirada de un delincuente, ni la de alguien que suplica. Era la mirada de un dueño.

—Señora, el joven dice que tiene papeles… —balbuceó el guardia, tratando de mediar.

—¡Me importa un bledo lo que diga! —chilló ella—. ¡Fuera de mi propiedad ahora mismo!

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Mateo metió la mano en su mochila de lona. Beatriz retrocedió un paso, pensando que quizás sacaría un arma, pero lo que el joven extrajo fue un sobre de cuero viejo, atado con un cordel que el tiempo había vuelto quebradizo.

—No me voy a ir, Beatriz. De hecho, el que no debería estar aquí soy yo, esperando en la puerta. Porque hoy se cumple el plazo.

—¿Qué plazo? ¿De qué hablas, imbécil?

—El plazo que el abogado Valenzuela estipuló en el testamento secreto de mi abuelo —respondió Mateo, dando un paso firme hacia el centro del vestíbulo.

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Beatriz soltó una risa nerviosa, una que delataba el miedo que empezaba a corroerle las entrañas. Ella pensaba que había destruido cada documento, que había manipulado cada cláusula tras la muerte del viejo Aurelio.

—Valenzuela está retirado, niño. No tienes a nadie que te respalde. Estás solo con tus harapos y tus mentiras.

Mateo consultó su reloj, uno de plástico barato que contrastaba con el lujo del lugar.

—Faltan tres minutos —dijo él, ignorando los insultos—. Tres minutos para que te des cuenta de que tu reinado de soberbia se terminó.

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El guardia de seguridad, confundido, no sabía si intervenir o simplemente observar el espectáculo. La seguridad con la que el joven hablaba estaba empezando a desmoronar la autoridad de la dueña de la casa.

Beatriz empezó a caminar de un lado a otro, sus tacones resonando como martillazos contra el suelo.

—¡Llamaré a mi abogado personal! ¡Te meteré a la cárcel por esto! —gritaba, buscando desesperadamente su teléfono en la mesa de entrada.

—Hazlo —retó Mateo—. Llama a quien quieras. Pero dile que se apresure, porque el verdadero dueño de esta mansión acaba de llegar a casa y no tiene mucha paciencia para los parásitos.

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La mujer se detuvo en seco, el rostro desfigurado por el odio. Estaba a punto de abalanzarse sobre él cuando el sonido de un motor potente se escuchó en el camino de entrada.

Un lujoso sedán negro se detuvo justo frente a la escalinata principal. El silencio que siguió fue absoluto, solo interrumpido por el canto de algunos pájaros en el jardín que Beatriz tanto despreciaba.

Mateo sonrió por primera vez desde que había llegado. Una sonrisa triste, cargada de recuerdos y de la justicia que estaba a punto de caer como una maza.

—Ese debe ser él —susurró Mateo.

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