Sé que la tensión te trajo hasta aquí, y no te voy a hacer esperar ni un segundo más para saber qué pasó en esa habitación.
«¡Mírame a los ojos, Mateo! ¡Mírame y dime otra vez que no fuiste tú quien vendió la ruta de la frontera!», rugió Don Aurelio, mientras el eco de su voz rebotaba en las paredes de piedra de la hacienda.
El aire en el despacho estaba tan pesado que parecía que se podía cortar con un cuchillo.
Mateo, un hombre que había servido al «Patrón» por más de diez años, estaba de rodillas.
Sus rodillas crujían contra el suelo de mármol frío, pero ese dolor no era nada comparado con el terror que le recorría la espina dorsal.
Don Aurelio no era un hombre de segundas oportunidades.
En ese mundo, la duda era una sentencia de muerte, y la sospecha era el verdugo.
El capo caminaba en círculos alrededor de Mateo, como un tiburón que huele la sangre antes de atacar.
Cada paso de sus botas de piel de cocodrilo sonaba como un martillazo en el ataúd de Mateo.
«Don Aurelio, por los clavos de Cristo, por la memoria de mi madre que está en el cielo… yo no fui», sollozó Mateo, con la voz quebrada.
Las lágrimas le corrían por las mejillas, mezclándose con el sudor y el polvo de la jornada.
«Usted conoce a mis hijos, usted fue el padrino de la más pequeña… ¡Juro por la vida de ellos que yo no abrí la boca!», gritó desesperado.
Don Aurelio se detuvo en seco.
Se inclinó hacia adelante, quedando a escasos centímetros del rostro de Mateo.
El olor a tabaco caro y a loción de diseñador inundó los sentidos del subordinado.
«No metas a los inocentes en esto, Mateo. Es de cobardes usar el nombre de los hijos para tapar una porquería», susurró el capo con una frialdad que helaba la sangre.
Afuera, los grillos cantaban en la noche cerrada de la montaña, ajenos al drama que se vivía tras los muros de la Hacienda Las Gardenias.
Los hombres de seguridad, armados hasta los dientes, permanecían como estatuas en los pasillos, evitando cruzar miradas.
Todos sabían que cuando Don Aurelio entraba en ese estado de calma aparente, alguien no salía vivo de la habitación.
Mateo cerró los ojos con fuerza, imaginando por un segundo el rostro de su esposa, Elena, y el olor a café recién hecho en su pequeña casa.
Pensó en sus tres hijos, que a esa hora seguramente dormían plácidamente sin saber que su padre estaba a un milímetro de la eternidad.
«El cargamento de la semana pasada… solo tres personas sabían la hora exacta del paso por el río», dijo Aurelio, retomando su caminata.
«El Chacho, que lleva muerto tres días porque intentó correr; mi sobrino, que estaba conmigo en el casino… y tú».
Mateo sintió que el corazón se le salía del pecho.
Él sabía que no había sido él, pero en la lógica de Aurelio, las matemáticas eran simples y crueles.
Si no era uno, era el otro.
«Patrón, el Chacho tenía deudas de juego, usted lo sabe… quizás él le dijo a alguien más antes de que usted lo agarrara», intentó razonar Mateo, buscando un clavo ardiendo al cual aferrarse.
Don Aurelio soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor.
Se acercó a su escritorio de caoba y tomó una pistola que descansaba sobre un sobre de cuero.
La sopesó en su mano, sintiendo el frío del metal.
Mateo, al ver el arma, sintió que el estómago se le revolvía.
«El Chacho no habló ni bajo tortura, Mateo. Murió como un hombre fiel, aunque fuera un vicioso», sentenció el capo.
«Eso me deja solo una opción. Y me duele, te juro que me duele, porque te consideraba de la familia».
Aurelio cargó el arma. El sonido del metal deslizándose fue como un trueno en el silencio de la sala.
Se acercó de nuevo a Mateo y le puso el cañón frío justo en la frente.
Mateo dejó de llorar. El terror absoluto tiene una forma extraña de traer una calma forzada.
«Si me vas a matar, hazlo de una vez», dijo Mateo, con una dignidad que sorprendió incluso a Aurelio.
«Pero que sepas que vas a matar a un hombre inocente. Y mi sangre va a caer sobre tu conciencia cada vez que mires a mis hijos a los ojos».
Aurelio entrecerró los ojos. Por un segundo, una chispa de duda cruzó su mirada de acero.
Pero en ese negocio, la duda es debilidad.
El dedo de Aurelio comenzó a presionar el gatillo.
Lentamente.
Milímetro a milímetro.
Mateo apretó los párpados, esperando la oscuridad final.
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