La tarde en que todo cambió, su madre se enfermó de gravedad. Nadie de la familia quiso quedarse a cuidarla. Tenían trabajos, hijos, excusas del tamaño de una casa. Yo pedí permiso en mi empleo y me instalé en su habitación con una silla plegable y un termo de café.
Publicidad
La primera noche apenas hablamos. La segunda, me pidió agua. La tercera, me confesó por qué nunca me había servido: le recordaba a la mujer por la que su propio esposo la había abandonado décadas atrás. No era yo. Nunca había sido yo.
Publicidad