Te agradezco por no conformarte con lo superficial y buscar el fondo de esta historia. Sigamos.
Elena sintió que el aire de la habitación se volvía denso, casi irrespirable. Frente a ella, Ricardo, el hombre con el que había compartido quince años de su vida, la miraba con una mezcla de asco y superioridad que nunca antes le había visto. A su lado, Valeria no dejaba de retocarse el labial rojo, observando las paredes de la mansión como si ya estuviera midiendo dónde colgar sus propios cuadros.
—Firma de una vez, Elena —presionó Ricardo, golpeando la mesa de caoba con el dedo índice—. No lo hagas más difícil de lo que ya es. Sabes que esta casa, la empresa y cada centavo que hay en las cuentas me pertenecen. Yo fui quien sudó cada gota para construir este imperio mientras tú solo te encargabas de… bueno, de nada.
Elena bajó la mirada hacia los documentos. Sus dedos rozaron el borde del papel frío. No era el miedo lo que la hacía temblar, sino la indignación contenida. Recordó las noches en vela, hace diez años, cuando ella misma llevaba la contabilidad de la pequeña distribuidora en la mesa de la cocina mientras Ricardo dormía, agotado por las ventas. Recordó que fue el capital de la herencia de su propio padre lo que salvó el negocio de la quiebra en tres ocasiones distintas.
—¿De verdad piensas que no me corresponde nada? —preguntó Elena con una voz que apenas era un susurro, pero que cortó el aire como una cuchilla.
Valeria soltó una carcajada estridente, una que resonó en el gran salón de techos altos.
—Ay, querida, por favor —dijo la amante, inclinándose hacia adelante para que el aroma de su perfume empalagoso inundara el espacio—. Ricardo ya me lo explicó todo. Tú eras solo la «esposa de trofeo» que se oxidó con el tiempo. Él es el cerebro, el visionario. Tú solo firmabas lo que él te ponía enfrente. Y hoy, vas a firmar lo más importante: tu salida de nuestras vidas.
Ricardo asintió, envalentonado por las palabras de su amante. Se sentía invencible. Había planeado este momento durante meses, moviendo activos, hablando con abogados que él creía leales, y asegurándose de que Elena no tuviera ni idea de sus movimientos. O eso pensaba él.
—Hoy mismo nos mudamos juntos a la mansión —gritó Ricardo, subiendo el tono para que los empleados domésticos, que observaban desde la cocina con el corazón roto, escucharan claramente—. No quiero ver ni una sola de tus cosas aquí al anochecer. Valeria necesita espacio para su guardarropa y no quiero que el olor a tu derrota contamine nuestro nuevo comienzo.
Elena levantó la vista. Sus ojos, antes nublados por la tristeza, ahora brillaban con una claridad aterradora. Observó a la pareja. Se veían tan seguros, tan convencidos de su victoria. Era la arrogancia típica de quien cree que el dinero puede comprar la lealtad absoluta y borrar el rastro de la gratitud.
—Dices que ahora ustedes son los dueños absolutos de la empresa, ¿verdad, Valeria? —preguntó Elena, dirigiendo su mirada directamente a la mujer que ostentaba un anillo de diamantes que, irónicamente, Elena había visto en un catálogo de la joyería hace semanas, pensando que era un regalo de aniversario para ella.
—¡Exactamente! —respondió Valeria, cruzándose de brazos—. Y no solo de la empresa. De este terreno, de los autos, de las acciones en el extranjero… todo. Ricardo ha sido muy generoso conmigo, y pronto, todo estará a mi nombre también.
Elena dejó escapar una pequeña sonrisa, casi imperceptible. Se puso de pie con una elegancia que descolocó a Ricardo por un segundo. Él esperaba gritos, lágrimas, súplicas. Esperaba verla de rodillas rogando por una pensión. Pero Elena se mantuvo erguida, como la columna vertebral de la casa que siempre había sido.
—Es curioso que menciones la generosidad, Ricardo —dijo ella, caminando lentamente hacia la ventana que daba al inmenso jardín—. Porque en todos estos años, siempre olvidaste un pequeño detalle. Un detalle que mi padre, que en paz descanse, dejó muy claro en los estatutos fundacionales de la corporación y en el fideicomiso de esta propiedad.
Ricardo frunció el ceño. Un tic nervioso empezó a bailar en su párpado izquierdo.
—¿De qué hablas? Esos estatutos los revisamos hace años. Yo soy el director ejecutivo.
—Eres el director ejecutivo, sí —concedió Elena, dándose la vuelta para enfrentarlo—. Pero nunca fuiste el propietario. Fuiste un administrador con ínfulas de grandeza.
Valeria soltó un bufido de impaciencia.
—No la escuches, Ricardo. Solo está tratando de asustarnos para no firmar. ¡Oblígala!
—No tiene que obligarme a nada —dijo Elena, tomando el bolígrafo de oro que Ricardo le tendía—. Voy a firmar. Pero antes de hacerlo, me gustaría que conocieran a alguien que ha estado esperando en la biblioteca durante la última hora.
Ricardo se quedó helado. No había visto a nadie entrar. La seguridad de la casa respondía ante él, o eso creía. Elena caminó hacia la puerta doble y la abrió de par en par.
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