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Señales

El último regalo de su esposa: La verdad que lo esperaba en la suite de aquel hotel de lujo

6 min de lectura

Sé que no podías quedarte con la duda de qué pasó después de ese beso de despedida, así que vamos a sumergirnos de lleno en la verdad de esta historia.

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Andrés cerró la puerta de su camioneta con esa seguridad que solo tienen los hombres que creen haber diseñado el plan perfecto. En el asiento del copiloto, Lucía se retocaba el labial rojo, ese color que a él tanto le gustaba y que su esposa, Valeria, ya casi no usaba. El aroma del perfume de Lucía, intenso y dulce, inundaba el habitáculo, borrando por completo el rastro de la colonia suave y hogareña que Valeria le había rociado en el cuello apenas una hora antes.

—¿Estás seguro de que no sospecha nada? —preguntó Lucía, con una sonrisita traviesa mientras guardaba el espejo en su bolso de marca.

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—Por favor, Lucía. Valeria vive en su propio mundo de recetas de cocina y tareas de los niños. Le dije que era una convención de ventas en la costa y ni siquiera me pidió ver el itinerario. Me preparó la maleta con un cariño que casi me da lástima —respondió él, soltando una carcajada cínica.

Andrés aceleró, dejando atrás la ciudad y los remordimientos que nunca llegaron a instalarse en su pecho. Para él, este viaje no era solo una escapada; era una validación de su virilidad, una recompensa por años de «aguantar» la rutina del matrimonio. Se sentía invencible. Había elegido el hotel más exclusivo de la zona, un lugar donde el lujo se respiraba en cada rincón y donde, según él, nadie que lo conociera pondría un pie.

Durante el trayecto de dos horas, Andrés no dejó de alardear. Le contaba a Lucía sobre los proyectos millonarios que estaba cerrando, aunque en realidad la mitad eran exageraciones para impresionarla. Ella lo escuchaba con una admiración fingida, sabiendo que el bolsillo de Andrés era lo suficientemente profundo como para costearle los caprichos que su sueldo de secretaria no alcanzaba a cubrir.

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—Esta noche vamos a cenar frente al mar —le prometió él, acariciándole la mano—. Solo lo mejor para mi reina.

Al llegar al hotel «El Acantilado», la majestuosidad del lugar los dejó sin aliento. Era una estructura de cristal y piedra que parecía colgar sobre el océano Pacífico. El aparcacoches los recibió con una reverencia, y Andrés, sintiéndose el rey del mundo, le entregó las llaves de su vehículo junto con un billete de alta denominación.

Caminaron hacia el lobby, un espacio inmenso decorado con orquídeas frescas y obras de arte moderno. Andrés caminaba erguido, con Lucía colgada de su brazo como si fuera un trofeo de caza. Estaba convencido de que este era el inicio de un fin de semana legendario.

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—Buenas tardes, bienvenido a El Acantilado —dijo la recepcionista, una mujer joven de uniforme impecable y una sonrisa que, por un segundo, a Andrés le pareció extrañamente familiar, o quizás demasiado amable.

—Buenas tardes. Tengo una reserva a nombre de Andrés Santillán —dijo él, sacando su tarjeta de crédito con un movimiento ensayado de elegancia.

La joven tecleó rápidamente en la computadora. Andrés miró a Lucía y le guiñó un ojo. Ella respondió con un beso volado. Todo era perfecto. El clima, la compañía, el engaño que parecía haber salido a pedir de boca. Sin embargo, el silencio que siguió se prolongó un poco más de lo normal.

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La recepcionista frunció el ceño ligeramente, mirando la pantalla, y luego levantó la vista hacia Andrés. Sus ojos no mostraban confusión, sino una especie de cortesía gélida que hizo que un escalofrío recorriera la espalda del hombre.

—Efectivamente, señor Santillán. Tenemos la Suite Diamante lista para usted. Es nuestra mejor habitación, con jacuzzi privado y vista de 180 grados al océano.

Andrés infló el pecho.

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—Excelente. Aquí tienes mi tarjeta para los gastos adicionales.

Pero la recepcionista no tomó la tarjeta. En su lugar, entrelazó sus manos sobre el mostrador de mármol y lo miró fijamente, con una calma que empezó a inquietarlo.

—No será necesario, señor. La suite, el servicio de cena privada en la habitación y hasta el bar premium ya han sido liquidados en su totalidad.

Andrés se quedó mudo. Por un momento pensó que se trataba de un error administrativo o quizá de un regalo de la empresa.

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—¿Liquidados? ¿Por quién? Mi empresa no suele pagar estos lujos…

La recepcionista se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz lo justo para que solo ellos dos pudieran escucharla, aunque en el lobby el silencio era absoluto.

—La reserva fue pagada hace exactamente una hora por la señora Valeria de Santillán. Ella estuvo aquí personalmente.

El aire pareció escaparse de los pulmones de Andrés. El nombre de su esposa sonó como un disparo en medio de aquel lujoso silencio. Lucía, que hasta hace un segundo estaba apoyada en su hombro, se enderezó de golpe, soltándolo como si su piel quemara.

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—¿Valeria? ¿Aquí? —balbuceó Andrés, sintiendo que el piso comenzaba a desvanecerse bajo sus pies—. Eso es imposible. Ella está en casa… ella…

—La señora fue muy específica —continuó la empleada, manteniendo esa sonrisa profesional que ahora parecía una máscara de sarcasmo—. Dijo que quería que su esposo y su «invitada» no tuvieran que preocuparse por nada este fin de semana. Que este era su regalo de despedida.

Andrés sintió que la sangre se le congelaba. El rostro de la recepcionista ya no era el de una desconocida; era el rostro de la complicidad femenina, de una justicia que se estaba cocinando a fuego lento.

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