Una noche el piano no sonó. Ni la siguiente. Al tercer día de silencio, subí y toqué su puerta. Me abrió una mujer que no conocía, con los ojos hinchados. Era su hija. El viejo había muerto mientras dormía.
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Me contó que su esposo tocaba a esa hora porque a medianoche había muerto su esposa, veinte años atrás. Cada noche le tocaba la canción que sonó en su boda. Cada noche, durante veinte años, le decía buenas noches con las manos.
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