Lo que empezaste a leer hace un momento solo era la punta del iceberg; aquí es donde la verdad finalmente sale a la luz.
El silencio que siguió a las palabras de Patricia fue más pesado que los candelabros de cristal que colgaban del techo de la boutique. Vanessa, con una sonrisa ladeada y ajustándose sus lentes de sol de marca, soltó una carcajada que sonó como cristales rotos.
— De verdad, Elena, dime que es una broma —insistió Vanessa, acercándose a un perchero de sedas italianas—. Pensé que después de tu divorcio con Mauricio buscarías algo de… bueno, de tu nivel. Un empresario, un político, ¡incluso un arquitecto de renombre! Pero, ¿un repartidor?
Elena sintió que la sangre se le subía a las mejillas, pero no por vergüenza de Mateo, sino por la indignación que le provocaba la estrechez de mente de sus supuestas «mejores amigas».
Apretó con fuerza su bolso de cuero y miró a Patricia directamente a los ojos. Patricia era la típica mujer que medía el valor de una persona por los ceros en su cuenta bancaria y el modelo del auto que manejaba.
— Mateo no es un «simple» repartidor, Patricia —respondió Elena con una voz que intentaba mantener la calma—. Es un hombre trabajador, honesto y tiene una nobleza que ninguna de ustedes entendería ni en mil años.
— ¡Ay, por favor! —exclamó Patricia, haciendo un gesto de desdén con la mano perfectamente manicurada—. «Nobleza». Con la nobleza no se pagan las cuentas en el Club de Golf, querida. Imagínate lo que dirán todos cuando te vean llegar a la gala de la Cruz Roja del brazo de un hombre que huele a sudor y maneja una motocicleta destartalada.
Vanessa se unió al ataque, disfrutando del momento como si fuera un deporte extremo.
— Es que piénsalo, Elena. Estás arruinando tu reputación. Nosotras tenemos un estatus que mantener. ¿Cómo vamos a presentarlo en nuestras reuniones? «¿Hola, qué tal? Él es Mateo, si necesitas que te traigan una pizza, él es el experto». ¡Es humillante!
Las risas de las dos mujeres resonaron en el local, atrayendo las miradas curiosas de las vendedoras, quienes fingían doblar prendas mientras escuchaban con atención cada palabra del drama que se desarrollaba frente a ellas.
Elena sintió un nudo en la garganta. Recordó la primera vez que vio a Mateo. No fue en una fiesta glamorosa ni en un estreno de cine. Fue un día de lluvia torrencial, cuando su auto se quedó varado en una zona peligrosa de la ciudad.
Muchos autos de lujo pasaron de largo, salpicándola de lodo, pero fue aquel hombre en su motocicleta de entregas quien se detuvo sin dudarlo. Mateo pasó dos horas bajo la lluvia ayudándola, sin pedir nada a cambio, y cuando ella intentó darle una propina generosa, él simplemente sonrió y le dijo: «No todo en la vida se hace por dinero, señorita. Cuídese mucho».
Esa tarde, Elena comprendió que había pasado toda su vida rodeada de gente rica en posesiones, pero miserable en espíritu.
— No me importa lo que digan en el club —dijo Elena con firmeza, dando un paso hacia adelante—. Mateo me hace sentir escuchada, valorada y protegida. Algo que ninguno de esos «hombres de mi nivel» logró hacer jamás.
Patricia soltó un suspiro de fingida lástima.
— Estás cegada, Elena. Es el típico romance de mujer rica con hombre pobre para sentirse «viva». Pero la realidad te va a golpear en la cara muy pronto. Mira, ahí viene… —señaló Patricia hacia la gran vidriera de la tienda.
A través del cristal, se veía una motocicleta de una aplicación de entregas estacionándose justo frente a la entrada principal de la exclusiva boutique. El contraste era casi cómico para alguien tan superficial como ellas: el vehículo desgastado frente a las vitrinas que exhibían bolsos de cinco mil dólares.
Mateo se bajó de la moto. Llevaba su uniforme térmico, algo sucio por el tráfico de la ciudad, y el casco bajo el brazo. Se limpió un poco de sudor de la frente con el antebrazo y buscó a Elena con la mirada a través del vidrio. Al verla, su rostro se iluminó con una sonrisa genuina y cálida.
— ¡Qué horror! —susurró Vanessa, cubriéndose la boca—. Realmente va a entrar aquí. Seguridad debería detenerlo, este lugar no es para gente como él.
— No te atrevas, Vanessa —advirtió Elena, sintiendo que la paciencia se le agotaba.
Mateo empujó la pesada puerta de cristal. El suave tintineo de la campana anunció su entrada. Al instante, el aire acondicionado de la tienda pareció volverse más frío. Las vendedoras intercambiaron miradas de desaprobación y una de ellas se acercó rápidamente, bloqueándole el paso de manera sutil pero clara.
— Disculpe, señor, las entregas son por la puerta de servicio, a la vuelta —dijo la empleada con un tono cargado de condescendencia.
Mateo, sin perder la amabilidad, respondió con tranquilidad:
— No vengo a entregar nada, señorita. Vengo a buscar a mi novia.
Patricia y Vanessa soltaron una carcajada sonora, sin ocultar su burla. Elena caminó hacia él, ignorando las miradas de todos los presentes, y le tomó la mano.
— Hola, Mateo —dijo ella, tratando de ignorar el ardor en sus ojos.
— Hola, hermosa. ¿Estás lista? Te dije que hoy te llevaría a ese lugar de tacos que tanto me gusta, pero si prefieres ir a otro lado por cómo estás vestida…
— No, Mateo. Los tacos suenan perfectos —respondió ella, apretando su mano.
— Pero bueno… —intervino Patricia, acercándose con paso elegante—. El famoso caballero andante de las entregas a domicilio. Mucho gusto, soy Patricia, la mejor amiga de Elena. O bueno, lo era antes de que perdiera el juicio.
Mateo miró a Patricia con serenidad. No se sintió intimidado por sus joyas ni por su tono de superioridad.
— Mucho gusto —dijo él brevemente.
Vanessa se acercó también, escaneando a Mateo de arriba abajo como si fuera un bicho raro.
— Dime algo, Mateo… ¿cuánto ganas por cada paquete que entregas? ¿Te alcanza para invitarle al menos el postre a una mujer como Elena? Porque ella está acostumbrada a lo mejor, ¿sabes? Caviar, champaña, viajes a Europa… dudo que tu motocicleta llegue muy lejos.
Mateo guardó silencio por un momento. Miró a Elena, quien estaba a punto de estallar, y luego regresó su mirada a las dos mujeres.
— Lo que gano me alcanza para vivir con dignidad —dijo Mateo con una calma que desarmaba—. Y lo que le ofrezco a Elena no viene en un paquete, ni tiene un precio que ustedes puedan entender.
— ¡Qué poético! —se mofó Patricia—. Pero las palabras no compran diamantes. Elena, querida, piénsalo bien. Estás a tiempo de dejar esta ridiculez. Nosotras te perdonamos este «desliz» y no le diremos nada a nadie en la fiesta de mañana. Pero deja que este hombre se vaya ahora mismo.
Elena miró a sus amigas, luego a Mateo, y finalmente a la gente que se había reunido a observar el espectáculo. Sabía que este era el punto de no retorno.
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