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Señales

El precio de la lealtad: La noche en que una desconocida intentó comprar mi alma

5 min de lectura

Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela de una manera que jamás habrías imaginado.

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El aire en aquel bar de lujo era espeso, cargado con una mezcla de perfumes caros y el aroma profundo del tabaco de los puros que se consumían en las mesas de caoba. Yo sostenía mi vaso de whisky, sintiendo el frío de los hielos contra la palma de mi mano, mientras observaba cómo las luces ambarinas se reflejaban en el cristal. Era uno de esos lugares donde el silencio se paga caro y la privacidad es la moneda de cambio.

Ella se acercó con la seguridad de quien sabe que su presencia es un imán. Se llamaba Lorena, o al menos ese fue el nombre que deslizó entre sus labios pintados de un rojo tan intenso que parecía herir la vista. Se sentó en el taburete contiguo al mío sin pedir permiso, dejando que el roce sutil de su brazo contra el mío enviara un mensaje que no necesitaba palabras.

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—Un hombre tan elegante no debería estar bebiendo solo en una noche de viernes —dijo ella, con una voz aterciopelada que pretendía ser un arrullo.

Yo no la miré de inmediato. Preferí observar mi reflejo en el espejo detrás de la barra. Vi a un hombre con un traje a medida, un reloj que costaba lo que una casa pequeña y un semblante que gritaba éxito. Pero detrás de esa fachada, mi mente volaba a otro lugar, a otra época.

Lorena continuó hablando, ajena a mis pensamientos. Sus dedos, largos y con uñas perfectamente cuidadas, jugaban con el borde de su copa de Martini. Me habló de lo aburrida que era la ciudad, de lo difícil que era encontrar a alguien «de su nivel» y de cómo el destino parecía haber conspirado para que nos encontráramos justo cuando mi esposa, según ella había escuchado en el círculo social, estaba fuera de la ciudad por un viaje de negocios.

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—La oportunidad es un tren que solo pasa una vez, Julián —susurró, acercándose tanto que pude oler su perfume, una fragancia floral y sintética que intentaba ocultar algo más frío—. Y hoy, ese tren se detuvo frente a ti. Mi habitación está a solo dos pisos de aquí. No tiene por qué enterarse nadie. Lo que pasa en este bar, se queda en las sombras.

Sentí una punzada de náusea, no por el alcohol, sino por la facilidad con la que ella asumía que mi integridad tenía un precio o que mi soledad momentánea era una invitación al pecado. La miré entonces a los ojos. Eran bonitos, sí, pero estaban vacíos. No había en ellos esa chispa de complicidad que solo se construye con los años, con las batallas compartidas, con las lágrimas secadas en el hombro del otro.

—¿Sabes qué es lo más curioso de las personas como tú, Lorena? —le pregunté, manteniendo la voz baja pero firme.

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Ella arqueó una ceja, sonriendo con suficiencia, creyendo que finalmente me había «enganchado».

—Dímelo tú —respondió, pasando su mano por mi hombro, un gesto que me hizo tensar cada músculo de mi espalda.

—Creen que el dinero y la apariencia lo son todo —dije, apartando suavemente su mano—. Creen que porque ahora puedo pagar este whisky de etiqueta negra, he olvidado el sabor del agua con azúcar que tomaba para engañar al hambre hace quince años.

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La sonrisa de Lorena se congeló. No esperaba ese giro. En su mundo, la gente exitosa nace así, o al menos finge que siempre lo fue. No entienden de cicatrices en las manos ni de zapatos con agujeros en la suela.

—No entiendo a qué viene eso —balbuceó ella, tratando de recuperar su compostura seductora—. Estamos aquí para pasarla bien, no para contar historias de lástima.

—No es una historia de lástima —la corregí, sintiendo cómo el orgullo por mi pasado me llenaba el pecho—. Es una historia de cimientos. Y tú estás intentando demoler un rascacielos con un martillo de juguete.

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Me tomé un trago largo, dejando que el líquido quemara mi garganta, recordándome que estaba vivo y que cada gota de ese éxito me había costado sangre, sudor y, sobre todo, la fe inquebrantable de una mujer que no estaba allí esa noche, pero que ocupaba cada rincón de mi corazón.

Lorena no se dio por vencida. Se inclinó más, dejando que el escote de su vestido hiciera su trabajo, intentando usar la última carta que le quedaba: la provocación visual.

—Tu esposa no está aquí —insistió, con un tono más agresivo—. Ella nunca sabrá que probaste algo diferente. Todos los hombres lo hacen, Julián. No pretendas ser el santo que no eres.

En ese momento, el bar pareció desvanecerse. Ya no veía las botellas iluminadas ni escuchaba el jazz suave. Solo veía la cara de Elena, mi mujer, el día que me despidieron de mi primer empleo y regresé a casa con las manos vacías y el alma rota.

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